dom. Oct 20th, 2019

Dia del Infarto. Algo más que un susto

En esta entrada cuento en primera persona como una persona joven vive un infarto.

Dia del infarto
Una persona joven sufre infarto inesperado. Ese joven soy yo y esta es mi historia

Comencé el día como cualquier otro, incluso diría que especialmente descansado. Me iba a hacer falta ese descanso.

Ajusté al máximo la hora de levantarme para llevar al cole a mis hijos, práctica muy extendida entre los padres actualmente. Resolví la situación con cierta soltura. Una vez todo en orden nos desplazamos en coche al colegio y allí me despedí de mi hija como cualquier otro día: un abrazo de oso y un beso.

Fué precisamente en ese abrazo, un abrazo amoroso hacia mi hija, de corazón, en el que sentí que algo me había sucedido, un leve latigazo, sutil pero no lo suficiente para pasar desapercibido.

El dolor del día anterior, del que solo me había quedado un leve recuerdo, apareció de nuevo, subitamente, inconfundible. En esta ocasión he de confesar que me produjo cierta desazón pues recordaba que el día anterior, por momentos, la sensación me hacia arrastrarme por los suelos. Me puse alerta y consideré que no era normal pero duró poco mi sentido común pués en los desvarios positivos de mi cabeza pensé que al igual que el día anterior era probable que este «ligero malestar» desapareciera. Cuando recuerdo este momento solo puedo pensar: ¡que estupido e inconsciente!.

En cualquier caso no hay lugar al arrepentimiento pues es precisamente esta inconsciencia la que a la postre pudo salvarme la vida.

Durante unos instantes me recosté en el asiento del coche mientras decidia si volvía a casa y me echaba un rato en la cama o me dirigía como cualquier otro dia al trabajo. Tras respirar hondo y hacerme fuerte arranque el coche y opté por dirigirme al trabajo.

El trayecto me llevaría aproximadamente unos 20 minutos hasta una estación de metro que finalmente me llevaría a mis oficinas situadas en el centro de Madrid.

No era mucho tiempo pero aquí comenzó mi infierno particular. La ciudad quiso vengarse de mi atrevimiento y cuando llevaba apenas 10 minutos conduciendo el dolor se intensificó de forma exponencial. Cuando estaba llegando a mi destino decidí por imperativo que no era una buena idea continuar mi ruta y llamé a mi mujer por teléfono para comentarle que me habia vuelto el dolor del día anterior y que iba a intentar pasarme por el hospital a que me echaran un vistazo, por lo que «in extremis» cogí un desvío que creía recordar me llevaría a un hospital cercano.

Y así era, el desvío era el correcto, con lo que no contaba yo es con encontrarme con un monumental atasco en ambas direcciones. Vamos, que quede bloqueado, la arteria de tráfico estaba obstruida… En este momento y tras el segundo semaforo que pasaba de rojo a verde y de nuevo a rojo sin que consiguiera moverme lo mas mínimo, sentí una sensación que no olvidaré jamás. Como si de una pelicula policiaca se tratase, empecé a atar cabos y a sudar profusamente a la par.

Flash Back en estado on.

Dolor en la parte central del pecho irradiado hacia los hombros, sudoración espontanea y profusa, palidez y falta de oxigeno… ¡estaba sufriendo un infarto!. No era médico ni nunca había pasado por ese trance, tenia 42 años recien cumplidos, pero no tenía la menor duda. Pese a no dolerme el brazo izquierdo tal como definen de forma estandar como sintomatología del infarto, lo tenía clarisimo.

Me estaba sucediendo y nadie podría sacarme de esa situación. En ese momento de forma nítida vi que mi vida estaba en juego. Disponía de poco tiempo. No sería justo si no confieso que estaba acojonado, y que probablemente ese miedo no ayude a tomar las decisiones más adecuadas.

El caso es que ves tan claro tu fín que por momentos pierdes la perspectiva de lo que hasta ese momento era «la pelicula de tu vida» y te adentras en un estado de consciencia total. La clave está en si conseguirás echar a un lado el miedo propio del momento y ver claramente lo vulnerable, insignificante y la falta de sentido que tienen muchas de las cosas que dabas por sentado hace apenas unos minutos.

Consegui superar el primer semáforo, y vi a una persona esperando en una esquina en la acera de enfrente, un chico joven. Conseguí a duras penas abrir la ventanilla del coche y hablar con el chico, al cual, con poca convicción y un hilo de voz, pedí ayuda

– Perdona, ¿me puedes ayudar?.

Me miró extrañado y me dijo algo, por la distancia, no pude entenderlo, se marchó, no se si a buscar ayuda o incomodado por mi petición pero me eché a un lado de la calle y pensé que era mi fín. No podía mas, estaba extasiado, me miré en el espejo retrovisor y me ví desencajado, blanco, incluso gris, estaba realmente jodido.

En ese momento tuve una sensación de rendición, me apoltroné en el asiento y decidí dejar de luchar, no podía mas que esperar que alguien actuase por mi.

Ni siquiera era capaz de coger el movil y llamar a emergencias, ni de pensar que esa persona contase con la suficiente iniciativa para acercarse a mi y ver que estaba sucediendo, perdí la fé en todo lo terrenal y me encomendé a un destino que me aterraba. Por un momento sentí paz, profunda, una necesidad de descanso, de entrega, de rendición. No se como describirlo porque en la superficie seguía sintiendo miedo, oyendo el ruido de los coches y sintendo que no volvería a ver a ninguno de mis seres queridos.

Tras apenas un minuto de divagar sobre este estado de conciencia me llegó un ápice de energía, quizás cortisol, adrenalina, o cualquier sustancia que activó de una manera mi instinto de supervivencia. Para mi solo existía un objetivo, no había nada más ni existía nada más que ese objetivo: Llegar al hospital.

Probablemente nunca en mi vida he puesto tanto empeño en algo, supongo que es la última bala que guardas como ser humano hacia la propia supervivencia.

El caso es que dejé a un lado todo sentimiento de autocompasión y rendición y decidí llegar hasta el hospital por mis propios medios. No podía confiar en que alguien me encontrase inconsciente y acabase en un final feliz.

Nunca lo sabré porque ahí dejé al lado toda mi educación y razonamiento y comencé a pitar y presionar a los coches para que me dieran paso, seguramente aquél que me viera por el retrovisor veía al mismo demonio. Palido, sudoroso e imparable.

El caso es que conseguí avanzar unos 500 metros por un carril inexistente hasta entrar en una rotonda que me acercaba más a mi destino, al que llegue unos 4 minutos mas tarde conduciendo con antebrazos y con la cabeza apoyada sobre el volante. Sé que esto no es lo apropiado, ni mucho menos lo mas aconsejable pero la circunstancia que se me dió fue esta y no pude más que acuar como lo hice. Siendo consciente que no debía atropellar ni chocar con nadie pues lejos de ayudarme me llevaría aun peor desenlace.

Cumpli las normas hasta el punto que pude aparcar en doble fila frente al hospital pero dejando salir al vehiculo bien aparcado y cerca de un paso de cebra. Llegue a pensar que era necesario aparcar en este lugar porque comenzaba a tener visión de tunel y era consciente que si no cruzaba por un paso de cebra hacia la entrada al hospital podría finalizar mi periplo atropellado a 20 metros de la puerta de urgencias.

Conseguí entrar por urgencias, donde me pidieron la tarjeta sanitaria, la cual pude entregar a duras penas. Creo que les ofrecí que la buscasen ellos mismos dentro de mi cartera. Tras levantar la cabeza la responsable de admisión que estaba de guardia no pudo más que decir que pasase directamente. Según palabras textuales un día despues:  – Llegaste gris. Me alegra verte con color.

Como ya comenté en mi intro, no voy a entrar en detalles médicos más que lo justo por lo que voy a describir la operación médica como una cadena de sucesos que a buen seguro os resultarán familiares, en mi caso fué todo muy rodado aunque esta cadena en otros casos según mi experiencia con mas cardipatas puede repetirse ciclicamente hasta encontrar el momento de operar. Analitica, vías, confirmación de estar sufriendo un infarto, medicación, sala de hemodinámica, miedo, cateterismo, liberación de la situación e ingreso en UCI. Estos son a grandes rasgos los acontecimientos que fueron escritos a fuego en mi diario de vida aquel dia 8 de Mayo de 2017.

Continuar…

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